lunes, 2 de febrero de 2009
Había que ser este excepcional Rafael Nadal, con ímpetu de búfalo, resistencia de locomotora y precisión de espadachín, no sólo para vencer a ese Roger Federer iluminado y manejando una llamativa geometría de ribetes espectaculares, sino para amordazarlo en el quinto y último set de una batalla tan extensa y extenuante, como estar cabalgando hacia la eternidad sin envejecer
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